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Terrorismo y Liberación Nacional

Por JESUS HERNANDEZ CUELLAR
CONTACTO Magazine

Días después de los ataques contra las ciudades de Nueva York y Washington, especialistas y organizaciones de estudios cubanos han publicado actividades y cronologías de los presuntos vínculos del gobierno de Fidel Castro con el terrorismo internacional, dentro y fuera de Cuba durante cuatro décadas.

Dos cronologías aparentemente bien documentadas, una preparada por Domingo Amuchastegui, ex embajador cubano y ex profesor del Instituto de Relaciones Exteriores de Cuba, y otra elaborada después por Eugene Pons para el Centro de Estudios Cubanos y Cubano-Estadounidenses de la Universidad de Miami, han tenido una amplia divulgación en Internet y han sido enviadas a gobiernos, medios de comunicación y organizaciones internacionales.

Tanto en una como en otra se recogen las primeras relaciones de Castro con grupos árabes, africanos y latinoamericanos, desde principios de la década de los 60, así como la inauguración de la Conferencia Tricontinental en La Habana, en enero de 1966, de la cual presuntamente salieron figuras que luego jugaron un rol importante en acontecimientos violentos, entre ellos el venezolano Illich Ramírez Sánchez, alias El Chacal, actualmente preso en Francia por haber realizado numerosos atentados terroristas en Europa luego de haber sido entrenado en Cuba.

El rosario de actividades pasa por el entrenamiento en Cuba de guerrilleros dominicanos, venezolanos, guatemaltecos y chilenos y llega a los días del apoyo a los grupos palestinos enfrentados a Israel, así como a la fundación del temible Departamento América del Partido Comunista de Cuba, encargado de organizar, entrenar y financiar las actividades de grupos guerrilleros y células que durante muchos años se dedicaron al terrorismo urbano.

La cronología de Pons da cuenta inclusive de tiempos recientes, con la permanencia en Cuba de miembros del grupo separatista vasco ETA en la actualidad y de fugitivos de la justicia norteamericana, entre ellos Joanne Chesimard , conocida como Assata Shakur, acusada de matar a un policía estatal de New Jersey en 1973, y Charlie Hill, acusado de secuestrar un avión de TWA y matar a un policía de Nuevo Mexico.

Nombres de organizaciones bien conocidas, como la libia Mathaba, la palestina Fatah, el Ejército Republicano Irlandés (IRA, en inglés), los Tupamaros uruguayos, el Movimiento Revolucionario Tupac Amaru de Perú, las FARC y el ELN de Colombia, aparecen en las cronologías.

Las dos listas presentan un abrumador inventario de hechos.

Si estos vínculos del castrismo con movimientos considerados terroristas cobran fuerza ante los ojos de Estados Unidos y sus aliados europeos, Castro tendría que acudir a dos fórmulas de defensa. La primera ya está en marcha, se refiere a que su gobierno y ciudadanos cubanos han sido víctimas de actividades terroristas presuntamente perpetradas por personas que viven en Estados Unidos. La segunda sería afinar el concepto de que su régimen no ayudó a grupos terroristas sino a movimientos de liberación que se oponían al colonialismo y al capitalismo.

El primer punto estaría dividido en dos: las actividades dirigidas por la CIA y ya reveladas por ese organismo de inteligencia al haber pasado décadas desde sus ejecuciones; y las hechas por organizaciones anticastristas.

Las que han conformado los argumentos de Castro últimamente, son las actividades hechas por anticastristas. Pero en realidad hay detalles que Castro no menciona en ese punto específico. Por ejemplo, los anticastristas vinculados al atentado contra un diplomático cubano en Estados Unidos, en la década de los 70, están en prisión o ya cumplieron sus condenas. Las personas declaradas culpables de la voladura de un avión de Cubana de Aviación en octubre de 1976, con saldo de 73 muertos, fueron condenadas en Venezuela. Su archienemigo Orlando Bosh, que pasó 11 años en la cárceles de Venezuela y el único que vive en Estados Unidos, fue varias veces declarado inocente en aquel país suramericano y finalmente liberado. Su obsesión actual, el activista Luis Posada Carriles, no puede pisar terroritorio norteamericano desde hace muchos años, vivía fuera de Estados Unidos cuando la voladura del avión, estuvo varios años en prisión después del acontecimiento en Venezuela y luego de fugarse de la cárcel fue a vivir a Centroamérica. Está preso en Panamá porque el propio Castro denunció que preparaba un atentado contra él durante la última Cumbre Iberoamericana.

La otra fórmula de defensa de Castro, la de haber entrenado a movimientos de liberación y no a grupos terroristas, se desvanecen cuando se analizan las actividades de esos grupos, muchas de ellas reveladas por desertores de los servicios de inteligencia cubanos.

Las palabras, por lo general, no pueden esconder la verdadera naturaleza de los hechos. Hacer estallar bombas, secuestrar y matar a civiles inocentes en nombre de los pobres de la tierra y de la justicia social, no exime a los autores de los cargos de terrorismo, mucho menos cuando una gran parte de esos actos de terror se hicieron en naciones con gobiernos legítimamente constituidos, ayer en la Venezuela de Rómulo Betancourt, antes de ayer en el Perú de Fernando Belaúnde Terry, y hoy en la Colombia de Andrés Pastrana, por sólo citar algunos ejemplos.

El fracasado propósito de Castro de imponer el marxismo-leninismo más allá de las fronteras de Cuba a través del uso de la fuerza bruta, podría crearle nuevos problemas al dictador cubano, aferrado al poder desde 1959.

Pero, como se ha dicho, posiblemente Estados Unidos, que el 8 de octubre informó al Consejo de Seguridad de la ONU que se reserva el derecho de atacar a otros países vinculados al terrorismo, opte por un camino diferente respecto a Cuba: el pedido de información relacionada con actividades terroristas en manos del gobierno de Castro, que son manos llenas.

Con un voluminoso expediente de acciones castristas contra sus intereses, incluida la reciente desarticulación de una red de espías en el sur de Florida y el arresto de una analista de inteligencia del Pentágono que espiaba para Cuba en Washington, Estados Unidos tiene en sus manos todos los ingredientes necesarios para colocar a Castro contra la pared.

Antes de los sucesos del 11 de septiembre, era obvio que Estados Unidos había decidido desde hacía mucho dejar a un lado el tema de Cuba hasta la muerte de Castro. Ahora, como mínimo, podría sacarle partido al castrismo, por debajo de la mesa.

Castro, que no tiene que rendir cuentas a ningún parlamento serio ni a otros partidos políticos, ni a una prensa ajena al gobierno, seguramente aceptará el pedido de Estados Unidos si éste llega a ocurrir.

Después de todo, es un paso más para seguir aferrado al poder.

(Hernández Cuéllar es editor de CONTACTO Magazine, revista latinoamericana que se edita en Burbank, California, Estados Unidos).