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Médicos
cubanos permanecen aún ignorados por las
autoridades holandesas
Hace
más de un año que la familia Cowley arribó
a Holanda en busca de refugio. Acababan de
abandonar una de las llamadas ‘misiones’
de médicos cubanos que trabajan para el
gobierno de Fidel Castro en Sudáfrica.
Luego de burlar la vigilancia de los
funcionarios gubernamentales, que tienen la
obligación de vigilar los paso de los
profesionales en servicio con el objetivo de
evitar cualquier clase de ‘desorden’ político
o ‘deserción’, alcanzaron a montarse en
un avión y comenzar su vida como personas
que dependen del favor de otros gobiernos
que respeten el derecho del hombre a la
libertad individual. Pero desde su llegada a
Holanda las cosas no han sido fáciles. El
Ministerio de Justicia holandés les ha
denegado hasta el momento el derecho de
asilo y no les da la menor esperanza de un
cambio de parecer en el futuro inmediato.
La
razón principal del rechazo de la petición
es que las autoridades holandesas consideran
que ni Roberto Cowley o su esposa Marilín
García, también médico, experimentaron
persecución política mientras vivieron en
la Isla o permanecieron en Sudáfrica. Esto
es una buena excusa, aparentemente, para
denegar la petición, pero a la vez,
demuestra tres cosas: El escaso
reconocimiento por parte de las autoridades
holandesas de la crisis humana y política
que se vive en Cuba, los rígidos términos
que se emplean para analizar los casos de
asilo, y la falta de información sobre la
verdadera situación que afrontan los médicos
en el país.
El
hecho de que en Cuba los estudios
universitarios sean formalmente gratuitos,
hace que el gobierno se sienta dueño de
cada profesional graduado en el país; pero
de entre todos, los médicos figuran como
una de sus más valiosas ‘posesiones’.
Para estos últimos es imposible demostrar
ninguna clase de contradicción hacia la política
oficial, si desean mantener sus puestos de
trabajo y la posibilidad de ejercer. Tienen
que enfrentar las peores condiciones
laborales y son obligados constantemente a
realizar horas extras sin recibir remuneración
-en ocasiones deben trabajar las 24 horas
del día o más. Su acceso a la información
es muy limitado, no pueden conectarse a
Internet, ni pensar en ningún tipo de
superación seria, elementos importantes
para una mejor práctica profesional.
No hay médico que pueda salir del país
por gestión e interés privados sin el
premiso exclusivo del Ministro de Salud,
autorización que es nagada la mayoría de
las veces, y si alguno obtiene una de las
visas de salida definitiva sorteadas por el
gobierno de Los Estados Unidos, el Permiso
de Salida que las autoridades cubanas tienen
que emitir es demorado o impedido por todas
las vías posibles. La vida de un médico
cubano no es, por lo general, la de un
luchador político, ellos tienen que
demostrar sumisión al régimen o lo pierden
todo inmediatamente; viven constantemente
hostigados y cualquier manifestación de
desacuerdo que surja entre ellos se estralla
inmediatamente contra la maquinaria de
chantaje y represión.
Durante
los últimos
años, el gobierno de Fidel Castro ha
intensificado la exportación de médicos
como una evidente manera de inflar sus
estrategias de propaganda política a nivel
internacional. A pesar de la terrible
situación interna del sistema de salud, el
talento personal de muchos profesionales es
utilizado para crear una falsa impresión de
la capacidad del socialismo para “proveer
bienestar” dentro de Cuba y en otros
lugares del mundo. Estas maniobras han
llevado a un grado mucho más alto las
tensiones políticas en el sector debido a
que el régimen les brinda a algunos la
posibilidad de viajar al extranjero y ganar
unos dólares -a pesar de que el gobierno se
queda con casi el sesenta porciento de sus
salarios- que les servirán para aliviar la
pésima situación personal y familiar
dentro de la Isla; pero a cambio les exige
una extrema sumisión y obediencia. Si
alguno de ellos viola este pacto, se
convierte inmediatamente en un enemigo
directo de la tiranía. Cuando uno de estos
profesionales sigue el dictado de su
conciencia y decide cortar los hilos que lo
atan a la mano que los conduce como
marioneta, es inevitable recibir el título
de “traidor” por parte de los gendarmes
cubanos.
Quizás
gobiernos como el de Holanda no se percatan
(o aparentan no hacerlo) de lo que ocurre.
En Cuba cada ciudadano es víctima de un
sistema que controla las vidas hasta el
momento en que es imposible respirar y solo
queda la opción de rebelarse -y por ello
sufrir urgente represión- o escapar de la
muerte psicológica o física. Para un
profesional cubano, cada día es un
constante debatirse entre las convicciones
personales y las reglas que tiene que
obedecer sin objeción. Cuando una persona
logra, arriesgándolo todo, saltar por
encima de tan miserable situación con el
fin de encontrar una vida, se enfrenta a la
realidad de que la lectura de los tratados
internacionales por parte de algunos
gobiernos es más extrema aún que los
propios peligros reales de un país sometido
por un régimen totalitario. Cuando en Cuba
existe una orden de arresto contra un
individuo, es virtualmente imposible poner
un pie en una terminal aérea. Por ello,
quienes votan por la integridad de su
persona o simplemente desean luchar haciendo
tangente el derecho a la seguridad de su
persona, se inclinan a buscar una forma de
escapar antes de que la situación se torne
demasido seria en esa isla-cárcel donde se
puede permanecer sepultado por tiempo
indefinido.
Quisiera
pensar que el gobierno de Holanda desconoce
todo lo anterior; pero hacerlo sería engañarme.
¿Tendremos que pensar que todo se trata de
una postura de conveniencia para no alterar
las tan impúdicas como florecientes
relaciones económicas entre una nación que
se titula democrática y la otra
universalmente reconocida como una tiranía
antipopular. La mayoría de los países
europeos han emprendido una política
bastante ambigua en lo que a las relaciones
con Cuba se refiere; quizás porque
consideran que después de la caída del
comunismo de Europa del Este el régimen
cubano se hunde por su propio peso y se
torna cada vez más inofensivo. Nada más
lejos de la realidad. El ilícito gobierno
cubano (ilícito aquí significa ‘impuesto
por la fuerza’) se vuelve cada día más
fuerte, en gran medida gracias a todo el
dinero que las empresas europeas y
canadienses están invirtiendo en Cuba casi
con el beneplácito de la mayoría de sus
gobiernos. Pero lo indecoroso es que, más
allá de las supuestas buenas intenciones de
promover el desarrollo económico en Cuba,
los empresarios y cámaras de comercio
internacionales están al tanto de que el régimen
ofrece malsanamente a los asistentes al
banquete –quizás por primera vez en la
historia de la modernidad más reciente- un
mercado donde las potentes empresas
estadounidenses han quedado totalmente
fuera. Al parecer, para los sedientos
bolsillos extranjeros, sacarle unos cuantos
años de ventaja al ‘Imperio’ les hace
cosquillas en el pudor. Es natural entonces
que a los distinguidos señores no les
remuerda la conciencia al irse a dormir en
una mansión miramareña (seguramente de las
que los ‘revolucionarios’ robaron a sus
dueños y que hoy explotan sin cargo de
conciencia) junto a una gracil -casi
adolescente- joven cubana que adora únicamente
el verdor de sus bolsillos obesos, luego de
haber estirado una propinilla a un niñito
que le empañó un poco el cristal de su
Peugeot en la céntrica esquina de 41 y 42.
Lo
que repugna a los cubanos de adentro y de
fuera es lo intrincados que han quedado, en
medio del enorme festín, nuestra valía y
derechos como seres humanos y como pueblo;
algo que inversionistas y diplomáticos
extranjeros consideran un problema exclusivo
entre el gobierno y el pueblo de Cuba.
Sí
creo que la situación de esta familia,
actualmente atrapada en un proceso que por
extenso y cerrado roza casi en lo inhumano,
tiene mucho que ver con estas realidades. Es
tangible una débil voluntad política de
las autoridades holandesas al no reconocer
los derechos de personas que son verdaderas
víctimas. Por regla general los doctores
que arriban a distintas naciones reciben
asilo poltico. Holanda ha demostrado no
ceder un ápice en su política dura hacia
los cubanos. Durante el pasado noviembre a
un médico y su familia (esposa y dos hijos)
le fue denegada la entrada al país,
quedando en peligro de deportación
inmediata; lo que no se efectuó gracias a
la visa salvadora ofrecida por un tercer país.
Otros dos cubanos fueron deportados luego de
haber permanecido más de dos semanas
recluidos en la frontera, también en el mes
de diciembre. No
debemos pensar que es una moda que
los médicos abandonen los lugares a donde
fueron enviados, rompiendo contratos y vínculos
con el régimen cubano; debe reconocerse que
este es el resultado de una aguda crisis política
que ha permanecido sepultada dentro de las
paredes de la Isla y que solo ahora tiene la
oportunidad de ser expuesta ante el mundo.
Estos
profesionales son víctimas de extremas
presiones políticas y tienen el derecho a
ser reconocidos como refugiados. Si naciones
democráticas como Holanda continúan
manejando los casos como el de la familia
Cowley con la misma superficialidad, se le
estaría dando a Fidel Castro otra razón
para intensificar sus métodos represivos
para con los cubanos y, por supuesto, de
aumentar su capacidad de manipular a una
buena parte de la opinión internacional,
tal como ha hecho durante todos estos años. Puede ser que no existían órdenes de arresto contra ellos
mientras vivieron en Cuba o que no puedan
mostrar señales de torturas policiales físicas,
que no tuvieran contactos directos con
organizaciones disidentes; mas sí tienen
todo un pasado de sometimiento político,
una vida preñada de amenazas y miedos junto
a la promesa perenne de lo peor si caen en
las manos de los sabuesos del gobierno
cubano. Ha sido suficiente el sufrimiento y
frustración para ellos. Exhortamos a que se
acepten de una vez las verdades sin
extremismos legales y se les concedan sus
derechos.
Asley
L. Mármol
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