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Cuba

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Bahía de Cochinos II

por Enrico Mario Santí

Con asombrosa precisión histórica, el caso de Elián González ante el SIN se arrastra paso a paso para coincidir con otro aniversario más de Bahía de Cochinos, la fallida invasión norteamericana al joven régimen comunista de Fidel Castro. Fue el 17 de abril de 1961 que tropas de cubanos exiliados, entrenadas por la Agencia Central de Inteligencia, desembarcaron en la costa sur de Cuba y fueron diezmadas por las tropas castristas gracias a la repentina retirada de apoyo aéreo que estaba programado. Muchos exiliados murieron en el empeño; los que sobrevivieron sufrieron meses de prisión. El exilio recuerda ese desastre, y en especial la decisión de última hora del Presidente John F. Kennedy de no involucrar personal norteameicano, como una traición política que selló nuestro destino.

Treinta y nueve años después, el fantasma de Bahía de Cochinos ronda el caso de Elián González, no menos que otro fantasma, el de la masacre de Waco, Texas, ronda las decisiones de Janet Reno, Procuradora General, ante la peligrosa opción de entrar por la fuerza en el hogar de Lázaro González. Los dos fantasmas andan sueltos en virtud del silencio que rodea ambos casos. Porque a pesar de los temerarios esfuerzos por parte de muchos investigadores, periodistas y gente de bien para sacar a flote los desastres de Waco y Bahía de Cochinos, las causas de ambos incidentes siguen envueltas en misterio.

En el caso de Elián, se trata, ni más ni menos, de la ausencia de un juicio público. Resulta evidente que la decisión de la Corte del Distrito Sur de apoyar la decisión original del SIN mengua ante la necesidad de investigar todos los hechos de manera abierta y pública. Entre ellos: cómo ocurrió en realidad el naufragio del bote en que viajaban Elián y Elizabeth Brotons; o los deseos que la madre expresó, antes de morir, de que el niño viviera en Estados Unidos; por no hablar del tipo de vida que le espera a Elián si se logra deportarlo. De estos temas, según el gobierno norteamericano, no puede ni debe hablarse.

El mismo fantasma propulsa al exilio. Durante los últimos meses, hemos seguido paso a paso, cual tema de familia, el proceso legal de solicitud de asilo político para el pequeño. Como también consideramos que los esfuerzos que han hecho los dos gobiernos por frustar el derecho de Elián a un juicio, así como el derecho que tienen los González de reunirse en familia, constituyen una traición más del gobierno norteamericano a nuestra causa. No exagero al pronosticar que ese fantasma seguirá rondándonos mientras se le niegue a los familiares de Elián González la oportunidad de ejercer sus derechos.

La nueva traición se afianza cuando comparamos la situación actual con la que imperaba hace cuatro años, cuando el Congreso norteamericano pasó la Ley Helms-Burton. La inquina contra Elián neutraliza moralmente la Ley Helms-Burton. Y el que Gregory A. Craig, el abogado de Juan Miguel González, tenga entre sus clientes nada menos que al propio Presidente William A. Clinton, es una afrenta pública que agrava nuestra indignación.

En cambio, para la gran mayoría de los norteamericanos, la batalla por el destino de Elián se trata únicamente de un caso de custodia que corresponde al padre. La inmensa mayoría prefiere lavarse las manos deportando al chiquito. Influye en esa actitud una buena dosis de ignorancia sobre los destalles del caso. Aunque tal vez la impaciencia que refleja la opinión pública tenga menos que ver con los dudosos méritos de la orden de deportación, así como el circo periodístico que lo rodea, que con los fantasmas de sus propias frustraciones legales, entre cuyas recientes perlas cuentan la tragedia de la escuela Columbine y los problemas legales del Presidente y su esposa. Por eso, ante el espectáculo de los crímenes cometidos por sus propios gobernantes, resulta perfectamente legítimo que el pueblo norteamericano diga "Basta Ya de Abusar la Ley". Y sin embargo, ¿es legítimo que eso signifique causarle nuevos daños psicológicos y permanentes a una criatura de seis años?

Entre esas frustraciones legales no deben pesar menos las recientes medidas enérgicas del SIN por contener la inmigración ilegal, sobre todo de México, así como la siempre latente amenaza por parte de Fidel Castro de desatar otro éxodo de balseros si no le devuelven al niño. Pero, repito, ninguna de estas frustraciones justifica pisotear los derechos de un niño o de una familia en territrio norteamericano, como tampoco ello ofrece una vía saludable para solucionar esos otros traumas históricos.

El exilio cubano siempre se ha distinguido por conocer el sistema norteamericano, y por saber trabajar dentro del mismo. Es lo que explica, entre otras cosas, nuestra relativa prosperidad entre las minorías del país. Culparnos por desear que el sistema funcione para Elián tambien significa o bien negarnos el derecho a formar parte del estado norteamericano, o bien discriminarnos a causa de nuestro origen nacional. Por eso resulta imprescindible que sea la rama judicial, inmune a las presiones políticas, en vez de la ejecutiva, hoy manchada de dudosos compromisos, la que maneje esta tragedia familiar. Sólo así Elián dejará de ser presa del monstruo mediático, o el ícono de nuestras pesadillas en común.

Enrico Mario Santí, un cubano-americano que vive en Estados Unidos desde los doce años, hoy ocupa la cátedra William T. Bryan de Estudios Hispánicos en la Universidad de Kentucky, Lexington, KY.

esant2@pop.uky.edu

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