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POSTCASTRISMO: DOS DESENLACES

I - ¡Aquí no se mueve nadie!

Por Carlos Alberto Montaner

Madrid -- ¿Puede prolongarse el castrismo tras la muerte de Fidel? No lo creo. Una vez instalado en la jefatura del estado, y tras el sudoroso trámite de enterrar a su hermano con todos los honores --un cadáver pesadísimo y resbaladizo--, Raúl deberá enfrentarse a una inevitable disyuntiva: o se planta, cava trincheras, y grita ``¡aquí no se mueve nadie!'', o abre la mano y permite una participación plural y creciente de la sociedad en los asuntos públicos, lo que, eventualmente, daría al traste con la dictadura. Naturalmente, también le queda la treta de simular que adopta la primera opción, aunque con el propósito oculto de afiliarse a la segunda, pero ese truco le duraría muy poco tiempo y acabaría por debilitar a sus propias filas en medio de una tempestad de equívocos y confusiones.

Hasta ahora Raúl se ha preparado para la primera estrategia. Controla totalmente las fuerzas armadas y el Ministerio del Interior. Y los controla por el viejo procedimiento mafioso: el principal rasgo que deben exhibir los jefes colocados en los puestos clave es la lealtad personal. No es tan importante que sean competentes o que tengan unas convicciones ideológicas firmes. Lo básico es que le respondan ciegamente. Ese es el caso, por ejemplo, de Abelardo Colomé Ibarra, Furry, el poderoso ministro del Interior, de quien se sabe, con absoluta certeza, que carece de ilusiones en el sistema, pero a quien, con la misma claridad, se le supone total obediencia a su jefe. Ese es también el caso del general Julio Casas Regueiro, el hombre de Raúl para la intendencia, el principal administrador del enorme conglomerado empresarial del ejército --hoteles, haciendas, fábricas, entidades financieras--, en quien concurren las mismas características de Furry: un pragmatismo desentendido del reñidero teórico y una absoluta sumisión emocional a su patrón.

Lo que a Raúl le gustaría, pues, es que el aparato militar-policiaco controlara las actividades económicas y mantuviera a la sociedad en orden y callada, mediante el antiguo procedimiento de ``palo y tentetieso''. Pero como todo poder debe sustentarse en un discurso racional, la coartada patriótica que esgrimiría sería la siguiente: ``Estados Unidos y la oposición resentida de Miami preparan una sangrienta represalia que convertiría al país en una colonia yanqui y a sus habitantes en esclavos de los exiliados. Frente a esos riesgos extremos, no es posible permitir libertades políticas burguesas que pongan en peligro las conquistas de la revolución --soberanía, educación, salud, deportes--, ni libertades económicas que crearían diferentes niveles de ingreso contrarios a la justiciera vocación igualitaria de la revolución''.

Nada de esto, por supuesto, se compadece con los hechos. Los Estados Unidos del siglo XXI no tienen el menor interés en anexionarse ninguna isla caribeña, y, mientras el gobierno cubano lleva muchos años suplicando que el capitalismo yanqui se aproxime a la isla y la penetre, es Washington, con su displicente embargo económico, quien deliberadamente ha renunciado a ese papel en beneficio de españoles, canadienses o italianos. Por otra parte, anualmente decenas de miles de exiliados envían dinero a Cuba y viajan a la isla como turistas, y, lejos de convertirse en un elemento conflictivo, los desterrados constituyen la primera fuente de ingresos del país: ni se ha percibido el menor síntoma revanchista ni se oye voz alguna que pida venganza. Por el contrario, a uno y otro lado del estrecho de la Florida los cubanos juran que son un solo pueblo que anhela el momento de poder volver a fundirse en un abrazo. Por último, las desigualdades que el gobierno cubano dice querer evitar ya se han producido, y de una manera cruelmente escandalosa. Hay dos tipos de cubanos: los que reciben dólares y los que no los reciben. Toda la nomenklatura los obtiene por diversos conductos y vive relativamente bien. El grueso de la población, sin embargo, subsiste en una miseria sin esperanza, sólo aliviada por la obsesión permanente de largarse del país.

¿Le será suficiente a Raúl, para mantenerse en el poder, el apoyo de los militares?

Lo dudo. Los militares cubanos ya no son los fieros oficiales que en los sesenta, convencidos de luchar por la supervivencia de la revolución, se enfrentaron a la prolongada rebelión campesina del Escambray; ni son los profesionales ávidos de gloria que pelearon exitosamente en Angola y Etiopía en defensa del comunismo triunfante a escala planetaria. Hoy son burócratas derrotados por la realidad, que sólo aspiran a trabajar en un hotel, a controlar la cocina de un buen restaurant, o a vincularse a un inversionista extranjero que les abra en el exterior una ``cuentecita'' bancaria para cuando puedan emigrar subrepticiamente junto a su familia sin padecer los avatares del exilio. Es, pues, un ejército sin ``espíritu de cuerpo'', sin tareas heroicas que cumplir, profundamente desmoralizado. Y resulta muy difícil que esa tropa alicaída sea suficiente para sostener un régimen tan profundamente impopular como el comunismo. Pero es probable, en cambio, si Raúl lo intenta, que conduzca el país a un enfrentamiento que puede derivar hacia un escenario de fuga masiva de balseros, o de violencia semejante a la de los Balcanes, y con un desenlace parecido: intervención extranjera para detener el éxodo o el matadero, y luego responsabilidades penales para los jerifaltes. ¿Es eso lo que quiere el heredero de Fidel? ¿Acabar sus días como Milosevic?

II - El desenlace democrático

Madrid -- En fin, ya lo sabemos: el propósito de Fidel Castro --y la tarea a la que Raúl desearía aplicarse-- es que su régimen sea eterno. Esa es su noción de la gloria. Y se equivocan quienes piensan que al máximo líder no le interesa la posteridad. Por el contrario: ha dedicado toda su vida a fabricar su pirámide. Tiene a baterías de investigadores recogiendo (y ocultando) papeles. El yate Granma es una reliquia casi religiosa. O la silla en la que colocó sus obesas posaderas juveniles, o el rifle que usó en la Sierra Maestra. La frase ``después de mí, el diluvio'', no va con él. Su lema es ``después de mí, yo mismo''. Su intención es perpetuarse, permanecer como una referencia incesante en la memoria de sucesivas generaciones de cubanos. No quiere transición: quiere sucesión y continuidad.

El problema es que eso no es posible. Muerto Castro desaparece el único atractivo que le queda a ese polvoriento y fracasado episodio de la guerra fría. Me lo dijo un importante canciller latinoamericano recientemente: ``En el velorio le comunicaremos a Raúl que cambian las reglas del juego; se acabaron las concesiones y Cuba, si quiere conservar nuestra amistad, tendrá que entrar por el aro democrático''. Y eso exactamente será lo que ocurrirá en la comunidad de banqueros y empresarios internacionales: todos se sentarán tranquilamente --no tienen prisa-- a esperar los cambios. ¿Quién puede ser tan imprudente como para llevar sus recursos a un país totalmente paralizado por la incertidumbre?

Esa situación precipitará a Raúl Castro a la decisión que tanto teme: si no es posible la continuidad del régimen, habrá que explorar la transición. ¿Transición hacia dónde, hacia qué punto del espectro político? Muy fácil: hacia donde determine libremente la sociedad cubana, mediante la democracia plural y sin ataduras, único procedimiento capaz de quitarle la espoleta a esa bomba de tiempo antes de que les estalle a todos en la cara.

¿Cómo se lleva a cabo ese prodigio? La respuesta pudiera estar en una propuesta conocida como Proyecto Varela. Con un admirable sentido de la oportunidad, los demócratas situados dentro de la isla, encabezados por el ingeniero Oswaldo Payá, un cristiano abnegado y valiente, acompañados por más de un centenar de organizaciones en las que no faltan los nombres clave de Gustavo Arcos, Elizardo Sánchez, Osvaldo Alfonso y Raúl Rivero, y respaldados por la mayor parte de los demócratas del exilio, pronto le entregarán al gobierno diez mil firmas de otros tantos ciudadanos que desean se consulte a la sociedad sobre la naturaleza del sistema en el que todos conviven (y malviven). En esencia, ése es el Proyecto Varela, así nombrado en homenaje a un cura cubano de la primera mitad del XIX, liberal y civilizado, que trató de terminar por vías pacíficas con el régimen colonial español.

Lo interesante del referéndum propuesto es que está contemplado dentro de la legislación cubana vigente, y daría inicio a un cambio ordenado, con garantías para todas las partes, en el que el presumible tránsito a otro sistema y gobierno se llevaría a cabo paulatinamente, con tiempo y sosiego suficientes, de manera que se pudiera reorganizar el mapa político del país con el surgimiento de las fuerzas políticas democráticas y con el correspondiente aggiornamento de los comunistas, hoy atrapados en una impopular ratonera estalinista, pero capaces mañana de refundarse en un partido socialista moderno y respetuoso de la pluralidad, como ha sucedido en Italia o Polonia.

¿Hay gente en el entorno del gobierno que desee este desenlace? Por supuesto, aunque no se atrevan a decirlo, y, de alguna manera, la edad es un factor muy importante en la determinación de sus preferencias políticas. Como regla general, los más jóvenes, los que todavía miran hacia el futuro con cierta ilusión, son los más proclives a aceptar la posibilidad de una transición hacia la democracia y el pluralismo. Ese es el caso de Abel Prieto, ministro de Cultura; de José Luis Rodríguez, ministro de Economía; de Eusebio Leal, restaurador de La Habana; del ex ministro de Relaciones Exteriores Roberto Robaina --quien jura que la vida le dará una segunda oportunidad--, y hasta de Ricardo Alarcón, quien a sus 64 años, en la intimidad de su hogar, cuando se mira al espejo y le pregunta a quién debe parecerse para cumplir con sus más ocultas fantasías, el artefacto, con cierto escéptico realismo, le responde que a Adolfo Suárez, el político español que desarmó el rompecabezas franquista sin perder una sola pieza en la aventura.

Fidel, para evitar la evolución a la democracia, advierte contra las traiciones y pone de ejemplo el desbarajuste soviético. Es un falso análisis: traición es mantener al pueblo cubano, hambreado y tiranizado, dentro de un modelo absurdo liquidado por la historia. Es al revés: a quien se atreva a encabezar la transición por la vía democrática le cabrá el honor de haber tenido la valentía, por primera vez en la historia de Cuba, de haber resuelto racional y pacíficamente una crisis sucesoria. En 1933 los cubanos no supimos salir ordenadamente de Machado, recurriendo a la legalidad, como proponían las cabezas más sensatas del país, y tuvimos que sufrir los primeros siete años de Batista y el surgimiento del batistato. En la década de los cincuenta no fuimos capaces de enterrar el batistato sin recurrir a la violencia y sin destruir las instituciones, y el resultado han sido más de cuarenta años de dictadura comunista. Ahora, otra vez, surgirá la oportunidad de pasar la página pacífica y racionalmente. Quien lo consiga tendrá la gratitud eterna de ese pobre pueblo.

Julio 22, 2001