¿Y
quién sale impune de la Isla?
Charla
con el escritor holandés Robert Lemm
Sus
palabras resuenan nítidas en la brumosa
tarde de Amsterdam, aún cuando el tímido
sopor que anuncia la euforia de las
estaciones cálidas turba la aprehensividad
de mis sentidos. Acudí a el no por el
prestigio que empuja su nombre o por haber
sentido el leve temblor de quienes me lo
presentaban como un crisol intelectual. Le
formulé esta invitación pues supe desde el
inicio que en él se hallaban, vivas, muchas
de las respuestas que otros intelectuales se
negarían a entregarme o que quizás aún no
son capaces de poseer. Sus artículos y
ensayos, junto a la lista de más de catorce
obras publicadas, me mostraron al escritor
de razón fecunda y vasta; mas fue la pasión
con que nos sentamos aquella primera tarde a
descorrer cualquier noción incierta sobre
la Isla gimiente que hoy nos obliga a la
memoria, acicate suficiente para provocar el
reencuentro.
Empecé como historiador y gradualmente fui desarrollándome
como ensayista con inclinación a lo filosófico.
Mi último libro, El vía
crucis del cristianismo
(2000), trata del divorcio de la razón y la
fe a partir de la Ilustración, y del
surgimiento del utopismo que iba a
desembocar en los Derechos Humanos(...). Me
comenta mientras nos acomodamos en un lugar
con la paz requerida para una grata
conversación. Robert Lemm es un conocedor
de las letras de la América hispánica. Su
afición por los grandes escritores de
nuestras tierras lo ha llevado a singulares
encuentros con Borges, Marechal, Roa Bastos,
Carpentier, Lezama, Cortázar, Vargas Llosa
y muchos otros. Sus libros, artículos,
ensayos y conferencias sobre estos temas
llegan a un número considerable dentro y
fuera del ámbito holandés. Siempre
queremos desempolvar los porqués de todo; más
aún si se trata de alguien interesante:
En
1970 me dieron una beca para estudiar un año
en Colombia. Allí me aficioné a la
literatura latinoamericana, que me parecía
un alivio al lado del provincianismo
peninsular. Me refiero a los autores de las
décadas de los treinta hasta los sesenta
inclusive. Después, a causa del comercio,
ha dejado de interesarme.
Cuba es, inevitablemente, la
obsesión de quien allí nació y tiene que
vivir lejos de ella. Para Robert Lemm la
Isla no es un punto lejano y sin ubicación
en el espacio; tampoco un folletín de
playas verdeazules con mujeres semidesnudas
en medio de elíseos parajes, ni una gira
internacional de la trascendental Vieja
Trova Santiaguera. Pertenece al grupo de
europeos que es capaz de llegar al fondo de
la tragedia cubana e ir mas allá de las
etiquetas forzadas y cínicas.
Al inicio muchos mordieron el
anzuelo de los épicos barbudos populistas;
con particular fuerza entre las izquierdas
europeas y los grupos de filiación
marxista. Según Robert Lemm la
revolución cubana gozaba de la simpatía de
casi todos los intelectuales occidentales.
Lo mismo me llamó la atención en Bogotá,
en 1970, de los cursistas procedentes de
varios países latinoamericanos. Pero los
simpatizantes europeos no me convencieron.
Eran una mezcla de ingenuidad y
oportunismo(...).
Los años en que la mitificación
del régimen cubano comenzó a ser una
estrategia millonaria hábilmente
aprovechada por los grupos utopistas en el
mundo occidental, era muy difícil no ser víctima
de los extremos. Siempre la propaganda
castrista ha sido efectiva y ha estado bien
apuntada hacia los sectores en extremo
idealistas por lo tanto retóricamente
seducibles:
Entre 1971 y 1973 daba clase de literatura
hispanoamericana en la Universidad de
Amsterdam. Por entonces esta literatura era terra
incognita en Holanda. Eran los años de
nuestras revoluciones estudiantiles de 1968.
En el departamento de Español, como en
cualquier otro, imperaban los izquierdistas.
Castro y Allende se hallaban entre sus héroes.
Quienes seguían invocando valores clásicos
tuvieron que abandonar el campus. Desde mi
despido trato de sostenerme como escritor
independiente.
«Usted ha publicado un libro
sobre dictadores latinoamericanos del siglo
diecinueve. ¿Cómo cree posible que un
siglo después otro hombre, en Cuba, haya
podido extender su permanencia en el poder
durante más de cuarenta años, superando
con ventaja a todos sus predecesores, a mi
juicio en todos los sentidos?»
Debuté
en 1981 con una galería de cinco dictadores
hispanoamericanos del siglo diecinueve. Son
semblanzas basadas en los hechos que quieren
contrarrestar a las novelas célebres de
Asturias, Carpentier, García Márquez y Roa
Bastos que enfatizan lo fantástico. Descubrí
que la realidad histórica supera a la
imaginación literaria. Los dictadores del
siglo veinte tuvieron menos poder individual
que sus precursores, siendo más bien las máscaras
de los grupos interesados. El líder cubano,
sin embargo, tiene mucho en común con el
prohombre decimonónico por un lado, pero
por otro lo distinguen la ideología
marxista y su afiliación a Moscú. Su
perdurar en el poder, más que Franco en
España, es algo que la próxima generación
comenzará a explicar. Ahora bien, los
estragos del comunismo serán lo decisivo.
En Europa aún se puede
encontrar personas, incluso intelectuales,
que se incomodan si alguien les expresa su
oposición al régimen de Fidel Castro. A
pesar de ser tan evidentes las constantes
violaciones de los derechos humanos, la
ineficacia del sistema y el empleo constante
de la represión, el mito continúa
afectando algunas mentes. Las distintas
posiciones son profundamente cuestionables;
fluctúan desde sórdido oportunismo al
autoconsuelo de no admitir los actos
erróneos del pasado. Para Robert
Lemm lo
criminal ha sido el hecho que desde Europa
hubo y aún hay los que siguen excusando al
régimen castrista. El literato más
consagrado de Holanda por ejemplo, Harry
Mulisch, se niega a revocar su adhesión al
sistema cubano durante los sesenta. Esta
actitud es característica de un sector muy
influyente de la opinión que aún después
de la caída del muro de Berlín en 1989
continúa alegando que el comunismo no
merece el castigo que se le debe dar a las
dictaduras militares. Pinochet, Somoza,
Videla, Stroessner representan
monstruosidades infernales, mientras que
Castro ha cometido pecados veniales nomás.
Sus intenciones, dicen, eran tan buenas;
crear un hombre nuevo, introducir la
igualdad social... ¿Quién no sueña con un
mundo mejor?
Uno de los temas más polémicos
en lo que a Cuba respecta es el de las
inversiones de capital extranjero. La Unión
Europea lleva prácticamente la delantera.
Evidentemente esto ha oxigenado el encierro
ya tetragenario de los cubanos pero ha
intensificado a la vez la crisis económica,
social y política. «¿Qué piensa Usted al
respecto?» Su rostro permanece sereno, como
si la respuesta hubiese estado en él desde
siempre:
Durante su visita a Cuba en 1998 el papa aconsejó a los
cubanos abrirse al mundo, y que el mundo se
abriera a Cuba.. Bellas palabras. Ya se habían
metido muchas empresas y turistas europeos
en busca de mano de obra barata y playas exóticas.
Me temo que no les interese la suerte de los
cubanos, mientras que el ingreso de dólares
sólo beneficia a la camarilla reinante. ¿Y
quién sale impune de la isla?
Comienzo
la parte espinosa de la charla. Intento
extraer de un holandés, bajo riesgo de
naturales reacciones defensivas, su opinión
sobre varios aspectos donde Holanda y el
actual gobierno de Cuba interactúan. Lo
primero se refiere a la aceptación por
parte de naciones democráticas
-dentro de las cuales figura Holanda-
de las condiciones que les impone un régimen
totalitario al invertir; incluso pasar por
encima de tratados que en sus países no
pueden violar, como las convenciones de la
OIT o una buena parte de las cláusulas de
la Declaración Universal de los Derechos
Humanos por citar algunos ejemplos. La
sinceridad pocas veces fluye con semejante
sobriedad:
Los holandeses, por muy demócratas que parezcan, tienen
el instinto comercial más desarrollado de
Europa. Debían sus riquezas del siglo oro a
la piratería. Hoy en día dominan el
mercado de transportes. Su pequeñísimo
territorio alberga la casa matriz de unas
poderosas multinacionales. Holanda fue
siempre partidario de la paz, porque la paz
favorece al comercio que es otra forma de
guerra. De ahí su predilección por los
organismos internacionales, la ONU, la EU;
de ahí su propaganda por los Derechos
Humanos. Compaginar al Mamón con Dios, esto
es el ideal holandés.
Sé que debo ir mas profundo y
sé también que la verdad puede ser
punzante, hirviente o extremadamente
luminosa. Todo depende de la estatura
espiritual de quien la enfrente. La próxima
pregunta toca bien de cerca mucha fibra
sensible en este país, pero no puedo evitar
la necesidad de esclarecer: «Le hemos
escuchado contrastar la forma en que fueron
recibidos en Holanda solicitantes de asilo
chilenos, uruguayos, argentinos durante las
décadas del setenta y ochenta y el frío
rechazo que reciben los pocos cubanos que
llegan a este país buscando refugio. ¿Pudiera
abundar más en este sentido?»:
Holanda
abrió sus puertas para los republicanos
españoles y para los exilados chilenos,
argentinos y uruguayos. Eran las víctimas
del fascismo. Los exilados cubanos en
cambio, huyen de un sistema que precisamente
prometió acabar con el fascismo. Desde
principios de los noventa nos estamos dando
cuenta de que la utopía cubana adolece de
ciertos defectos. La dictadura militar de
derechas siempre fue rechazada; la marxista
al menos recibió el beneficio de la duda.
Cuesta admitir que nos equivoquemos, y por
eso no acogemos a los cubanos con tanta
simpatía como a los otros refugiados.
La luz comienza a ceder y
afuera se renueva la ciudad con su otro
ropaje de anárquicos colores de neón.
Dentro nos regodeamos con la tibieza de débiles
candiles y lucecillas de trasfondo. Para los
cubanos Los Estados Unidos puede significar
diversas cosas. Desde haber sido el sitio
tradicional de amparo para nuestros
sucesivos exilios hasta el óbice para una
mayor plenitud histórica. En cambio, para
el régimen de Fidel Castro ha servido de
chivo expiatorio y ha utilizado la
estrategia de antagonismo irracional y
perenne para ganarse simpatizantes de
fachada. Dentro de Europa esta política
continúa fungiendo como punto de atracción
en determinados grupos antinorteamericanos.
«¿Qué cree Usted de la posición de Los
EE.UU. hacia Cuba?»
Unos dicen que el bloqueo de Cuba por parte de Washington
le conviene a Castro; habría que terminarlo
para acelerar el proceso democrático. Lo
que más me temo es la posibilidad de un
guerra civil en el futuro próximo.
Los lazos entre Robert Lemm y
Cuba comenzaron mediante la literatura. El
descubrimiento de sobresalientes autores
cubanos lo condujo a otras memorables
aventuras y aciertos. Hombre de amplia
cultura, no tardó en hacer suyos momentos
memorables de nuestra tradición. Al
inquirir sobre sus motivaciones para
adentrarse en el templo literario cubano me
responde:
Alejo Carpentier, José Lezama Lima y Guillermo Cabrera
Infante. La traducción del Concierto Barroco
me proporcionó el Premio Nacional de
Traductores de 1979. Es una pieza sumamente
sutil, escrito como un concierto con sus
correspondientes partes, colores y ritmos.
Tuve la suerte de que unos expertos me
dieron la mano en el toque final. Me encantó
la tesis del autor, que consiste en mostrar
como los europeos falsifican la realidad
latinoamericana en favor de sus propias
fantasías.
Al analizar la política
cultural impuesta a partir de 1959 se puede
entender el enclaustramiento, y
empobrecimiento en muchos sentidos, de lo
que otrora figurase como una de las más
ricas tradiciones literarias de Latinoamérica.
Con gran modestia Robert Lemm opina:
No sé mucho de la literatura ‘oficial’ en Cuba a
partir de 1959. Me enteré como todos del
“Caso Padilla”, me enteré también de
la salida y de la muerte trágica de
Reinaldo Arenas. Me molestó el coqueteo de
Gabriel García Márquez y de Julio Cortázar
con Castro; me decepcionó el silencio
diplomático de Carpentier. Simpaticé con
la defección temprana de Cabrera Infante y
con la protesta del chileno Jorge Edwards.
Decido saltar a otro asunto
interesante sin transición protocolar
alguna. Mi interlocutor no se sorprende
luego de más de una hora de plática. Lo
asedio con otra de mis actuales obsesiones:
«Desde mi llegada a Europa he notado que el
bastante esquemático ir y venir de los
flancos, o manos o lados políticos aún
goza de gran vitalidad y se confunde
grandemente en cuanto toca el conflicto
cubano. ¿Cree Usted que el gobierno de
Fidel Castro sea realmente de izquierda o
utilice la etiqueta para manipular a los
incautos?»
Lo de izquierda y derecha carece cada vez más de
sentido. Los izquierdistas de ayer son los
conformistas de hoy. Lo que domina a partir
de 1989 es el neoliberalismo, el
imperialismo económico. El banco y la bolsa
son nuestras catedrales. Castro es un
anacronismo, como lo fue Franco en los años
sesenta. Si aguanta algo más se volverá a
poner de moda otra vez. Las etiquetas de
conservador y progresista no sirven. Si ser
conservador significa guardar todo lo
anterior y no admitir lo nuevo, soy
progresista; si 'progresismo' significa
dejar todo lo anterior, soy conservador.
Generalmente es así que los que piden
demasiado terminan con menos de lo que tenían
antes de pedir. Este es el caso con todos
los revolucionarios. La revolución de 1789
fue, a mi modo de ver, un error y para todas
las posteriores vale decir lo mismo.
Siento que debo refrenarme y
comenzar un progresivo mutis. Formulo
preguntas de rigor:
«¿Puede Usted en una frase
definir el problema de la Isla?»
El problema de Cuba es el de América Latina entera:
tomar distancia de Los Estados Unidos.
Confiar en la propia identidad.
«¿Qué recomienda a la
comunidad internacional y a las personas de
buena voluntad en el mundo en lo que a la
situación de Cuba respecta?»
Que hagan todo lo posible por evitar una guerra civil en
cuanto se termine la dictadura. Que no caiga
Cuba, después del comunismo atroz, en el
otro extremo, que es el loco capitalismo.
Me regodeo con la certeza de
haber dado vida a una suerte de nuevo cuerpo
en un país como Holanda luego de esta
conversación. Muchos nacionales -sin dejar
de parecerse al resto de los europeos- no
tienen interés, o quizás entereza, para
dejar de ver a Cuba como el cálido y
musical balneario ilustrado por las agencias
de viaje, ni para llegar al tuétano del
dilema político y humano que se vive en la
Isla. Quizás estas respuestas que desdeñan
la conveniencia y se plantan sobre verdades
muy punzantes para muchos, le ganen pocos
simpatizantes en estos tiempos a Robert
Lemm. No es tan simple apartarse de la turba
que preconiza la ideología de etiqueta e
incluso tiene su precio. De entre mis
debates extraigo escéptico una
'pregunta-colofón' cuya respuesta jamás
esperé iba a adentrarse en el nudo mismo
del problema cubano, llegando incluso a
revivir haces de lo mejor de nuestra tradición
de pensamiento; tradición que preconiza que
el gobierno de la república debe estar
acorde a nuestras tradiciones y costumbres;
ideas muy sólidas que hoy condenan a los
saurios que venden todo lo nuestro a cambio
de la viciosa prolongación en el poder. La
respuesta fue una sentencia breve que
reafirmó el acierto de todo este tiempo
compartido en medio del agonizante invierno
holandés:
¡Que la Isla se integre en aquel ámbito al que
naturalmente pertenece, el mundo hispánico!
Asley L. Marmol
abril del 2001
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